top of page

La cultura cajamarquina no debería tener temporada

Foto del escritor: Kamila R. Pajares
Kamila R. Pajares
18 ago
2 min de lectura

Cada febrero, Cajamarca deja de ser una ciudad y se convierte en un acontecimiento. 



Las calles se llenan de comparsas, coplas y guerras de agua y los hoteles se agotan con semanas de anticipación. Hasta los que se fueron vuelven, como quien cumple una cita que no admite excusas. Hay algo notable en eso: una ciudad entera poniéndose de acuerdo, sin que nadie lo ordene, para celebrar su identidad. 


Pero, cuando enterramos al Ño Carnavalón, el Miércoles De Ceniza, un silencio y una distancia invaden la ciudad hasta que vuelve a llegar febrero. Es un silencio que, si uno se detiene a escucharlo, dice más de nosotros de lo que estamos dispuestos a admitir.


Nadie discute el valor de esta festividad: es memoria viva, identidad hecha calle. La Copla y el Contrapunto que lo sostienen fueron declaradas Patrimonio Cultural de la Nación en 2017, y desde entonces, la fiesta ha crecido en organización, presupuesto y proyección. El problema no es que el Carnaval sea grande. El problema es que se ha convertido en la única puerta por la que se deja entrar a lo que somos culturalmente.


Ninguna comunidad puede florecer si concentra toda su vida cultural en apenas once días.

¿Qué pasa con los artistas que no entran en una comparsa, los gestores que no llenan un

corso o las expresiones que buscan otros ritmos? Pues, quedan relegados a los márgenes,

a la espera de que el calendario vuelva a dar la vuelta.


Lo digo con los pies en el suelo: fuera de febrero, la vida cultural cajamarquina se sostiene

casi por terquedad, gracias a artistas independientes, colectivos de teatro que ensayan sin

subvención, galerías pequeñas que abren y cierran sin que nadie las despida. 


No diríamos que el Carnaval priva de recursos y exposición a otras manifestaciones culturales de manera intencional. Más bien, se ha construido una manera de mirar la cultura que privilegia aquello que llena hoteles.


Un festival de cine, una feria del libro, un circuito de museos regionales no representan competencia alguna para este evento, por lo cual casi nunca reciben la misma prioridad presupuestal ni ocupan el mismo lugar en la conversación pública. 


Quienes defienden el modelo actual tienen razón en algo, y sería deshonesto no decirlo: el

Carnaval es el mayor motor económico y culturalmente representativo que tenemos, y sería un error debilitarlo. Esa preocupación es legítima. 


Fortalecer la cultura a lo largo del año en nuestra región, no exige disminuir la importancia del Carnaval, sino tratarlo como el pico de una serie de actividades y manifestaciones que podrian, de recibir un trato justo, tener la misma relevancia que esta gran festividad. 


Una ciudad que solo es cultural once días al año termina formando artistas de paso y

públicos de temporada. Uno que se limita a aplaudir una vez al año. 


La pregunta no es cómo hacer un Carnaval más grande cada año. La pregunta es qué estamos dispuestos a construir en los otros trescientos cincuenta días, para que cuando enterremos al Ño Carnavalón, no enterremos también, sin darnos cuenta, la posibilidad de seguir siendo un pueblo que crea.


Comentarios


bottom of page