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La Odisea: deleite para la vista, decepción para el alma

Foto del escritor: Kamila R. Pajares
Kamila R. Pajares
18 ago
2 min de lectura

Salí del cine impresionada, pero no conmovida. Y esa distancia, pequeña en apariencia, lo es todo. 



Tres horas de IMAX, un Mediterráneo que parece respirar en la pantalla, una estructura no lineal que Nolan maneja con la precisión de quien nunca ha dudado de nada suenan como la propuesta perfecta. 


Sin embargo, al llegar a casa, no sentí lo que lo que la historia de un hombre que regresa a su hogar después de veinte años de guerra y extravío me hizo pensar que sentiría. Ahí está el problema de La Odisea: es una de las películas mejor construidas del año, y al mismo tiempo, una de las más frías.


La cinta llegó a los cines en julio de 2026, con el presupuesto más alto de la carrera de

Nolan y un reparto encabezado por Matt Damon como Odiseo. La crítica especializada la

recibió con reverencia casi universal. Según las páginas especializadas, más del 90% de las reseñas son positivas. 


No se trata de cuestionar el virtuosismo técnico de la cinta. La cuestión si, para un espectador, es en lo técnico que radica el valor de la obra de Homero, que, como Humanidad, conocemos hace tres mil años. 


La Odisea nunca fue solo una aventura de monstruos y naufragios: es la historia de un hombre que miente, que duda, que se avergüenza, qué extraña con una intensidad difícil de fingir. 


Odiseo es un "hombre complicado", como lo tradujo la helenista Emily Wilson en su versión de referencia del texto, la misma que sirvió de base para este guión. Consultada sobre la adaptación, Wilson fue clara: la película no desarrolla esa complejidad, y, finalmente, presenta más a un héroe de acción traumatizado que a la figura moralmente ambigua que ella tradujo. 


Si bien se recuerda, algo similar sucedió con su anterior película Oppenheimer, la cual dejó a más de un espectador mirando desde afuera. Si el reencuentro entre Odiseo y Penélope es opacado por los efectos visuales que lo rodean, la película ganó la batalla visual y perdió la única que de verdad importaba.


Quienes defienden intensamente la película tienen razón en algo, y no se lo voy a negar:

rescatar un texto fundacional para el cine comercial contemporáneo, sin traicionarlo del todo y con semejante ambición de producción, ya es un mérito enorme en una industria que rara vez arriesga tanto presupuesto en algo que no sea una secuela garantizada. Ese valor existe, y es real. 


Pero admirar una hazaña técnica no es lo mismo que ser tocada por una historia. Y la Odisea de Homero, antes que una epopeya de dioses y monstruos, siempre fue un relato sobre lo que cuesta, lo que de verdad cuesta, volver a ser reconocido por los tuyos.


Nolan filmó el viaje perfecto. Lo que le faltó fue dejarnos sentir, aunque sea por un instante,

las ganas de llegar a casa.


 
 
 

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